Bobby escribe.

Cartas no aptas para iluminados

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El éxito te está volviendo un capullo

Carta de Domingo - 28 Diciembre 2025

El otro día vi a un tipo en una cafetería que gritaba porque su café no estaba “suficientemente caliente”.

Vestía un traje de tres piezas de esos que no tienen ni una arruga.
Hecho a medida, por supuesto.
Un reloj que probablemente costaba más que mi coche,
Y un corte de pelo que no te hacen en el Marco Aldany.

Un tipo con éxito.
De esos que, sobre el papel, tienen la vida resuelta para él y cuatro generaciones posteriores.

Mientras le gritaba a una camarera de veinte años que estaba a punto de echarse a llorar, me fijé en su cara.
No vi odio.
Vi algo peor: indiferencia.

Frialdad.
Ojos desconectados.
Como si la persona que tenía delante no fuese del todo real.

Ese tipo no era un villano de película.
Era algo mucho más común:
un analfabeto emocional con mucho presupuesto.

Alguien incapaz de gestionar su frustración. Alguien que ha confundido tener poder con tener razón.

Y mientras lo miraba, pensé algo incómodo: no sobre él.
Sobre mí.

No me vi gritando en una cafetería.
Pero sí creyéndome, a veces, con más derecho del que tengo.
Más prisa.
Menos paciencia.

El mismo virus, otra forma.

Porque esto no va de “ricos malos” ni de caricaturas fáciles.
Va de algo más sutil.
Y mucho más peligroso.

Últimamente le doy muchas vueltas a cómo el éxito —o simplemente creerte por encima— actúa como un aislante térmico.

Te separa de la realidad del otro.
Te hace creer que tu tiempo vale más.
Que el respeto es algo que puedes dosificar según el día.

Y lo veo a diario en mis propios negocios:
el éxito mal gestionado te vuelve idiota.
Y en algunos casos, directamente, gilipollas.

Te convences de que es el mercado.
De que la gente es inútil.
De que tu nivel de exigencia es “otro”.

Mentira cochina.

Lo que pasa de verdad es que uno se queda solo en una cima muy pequeña
y le da pánico bajarse del personaje.

Porque si bajas, quizá descubres que no eres tan grande como te cuentas.
Que, sin el traje, sin el reloj, sin el estatus… no queda tanto.

La madurez, el poder y el éxito no tienen que ver con lo que acumulas.
Tienen que ver con lo que no aplastas.

Con ser capaz de sostener tu posición sin pisar la dignidad del que te pone el café.
Con no necesitar humillar para sentirte válido.

Si te has convertido en alguien a quien los demás temen molestar,
si necesitas marcar territorio para sentirte fuerte,
déjame decirte algo incómodo:

No has tenido éxito.
Te has perdido por el camino.

Has pasado de ser una cabeza despierta —alguien que prometía—
a un autómata con saldo en la cuenta que reparte hostias verbales para recordarse que importa.

A veces, para volver a ser humano, hace falta que el café llegue frío.
Y no decir nada.
Fastidiarte.
Mirar al de delante con compasión, incluso cuando sabes que no es brillante, ni rápido, ni eficiente.

Darte cuenta de que el mundo no gira alrededor de tu ombligo,
por muy caro que sea el cinturón que lo sujeta.

Nos leemos dentro del Refugio para Cabezas Despiertas.
Ahí la conversación sigue viva.

La carta no.

Bobby.
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